Archivo de la categoría: Literatura

¿A quién miramos cuando nos retratan?

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“Recuerdo vivamente un acontecimiento de los primeros años. Quizá tú también lo recuerdes. Yo lloriqueaba una noche y pedía incesantemente que me dieran agua; sin duda, no era por tener sed, sino en parte para divertirme. Como algunas amenazas violentas no habían logrado efecto, me sacaste de la cama, me llevaste al balcón y allí me dejaste solo, en camisón delante de la puerta cerrada. No quiero decir que eso estuvo mal; quizás aquella vez no había realmente otra manera de obtener tranquilidad por la noche, pero quiero caracterizar con ello tus métodos educativos y el efecto que ten tan sobre mí. Sin duda, esa vez fui obediente, pero había sufrido un daño interior. Según mi naturaleza jamás pude establecer la conexión correcta entre lo lógico, para mí, del absurdo pedir agua, y lo extraordinariamente terrible del ser llevado afuera. Todavía años después me perseguía la imagen torturadora de ese hombre gigantesco, mi padre, esa última instancia, que podía, casi sin causa, venir de noche y llevarme de la cama al balcón, y que, por tanto, a tal punto era yo una nulidad para él.

Eso fue entonces un pequeño comienzo, pero esa sensación de nulidad que a menudo me domina (una sensación en otro sentido también noble y fecunda) ha sido provocada en gran parte por tu influjo. Yo habría necesitado un poco de tu estímulo, un poco de amabilidad, un poco de abrirme el camino, y tú, en cambio, me lo obstruías, ciertamente con la buena intención de que yo eligiese otro camino. Pero yo no servía para eso. Por ejemplo, me alentabas cuando yo hacía bien el saludo militar o el paso de marcha, pero yo no era un futuro soldado, o me animabas cuando yo lograba comer mucho y hasta tomar cerveza, o cuando repetía a canciones que no entendía, o cuando repetía tus palabras favoritas, pero nada de eso pertenecía a mi futuro. Y es significativo que incluso hoy sólo me estimulas cuando algo te atañe a ti mismo, cuando hiere tu autoestimación (por ejemplo, con mi proyecto de casarme) o cuando tu autoestimación resulta herida en mí (por ejemplo cuando Pepa me insulta). Entonces se me anima, se me recuerda mi valer, se me señalan las ventajas a que yo tendría derecho, y Pepa queda definitivamente condenado. Pero aparte de ser, a mi edad actual, casi inaccesible a los estímulos, ¿de qué me servirían si sólo aparecen allí donde, primordialmente no se trata de mí?

En aquel entonces, y sólo en aquel entonces, yo habría necesitado el estímulo. Pero en verdad yo ya estaba aplastado por tu mera presencia física. Recuerdo, por ejemplo, cuando nos desnudábamos juntos en una casilla de baño. Yo, flaco, débil, enjuto; tú, fuerte, grande, ancho. Ya en la casilla me sentía miserable, y no solamente frente a tí, sino frente al mundo entero, pues tú eras para mí la medida de todas las cosas.”

Franz Kafka, “Carta al padre”

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Teodoro

“… el placer de revolcarme en el paso con Teodoro, que es una actividad que los dos valoramos por encima de casi cualquier cosa.

Julio Cortázar en “La vuelta al día en ochenta mundos”

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6. y 127.

6.

“Le pedí tan poco a la vida y hasta ese poco la vida me negó. Una hebra de sol, el campo, un poco de paz con un poco de pan, que no me pese mucho el saber que existo, y no exigir nada a nadie, ni que nadie exija nada de mí. Todo esto me fue negado, como quien niega una limosna no por falta de bondad, sino por no tener que desabrocharse el abrigo para darla”.

127.

“Yo no me quejo del mundo. No protesto en nombre del universo. No soy pesimista. Sufro y me quejo, pero no sé si lo que hay de malo es el sufrimiento ni sé si es humano sufrir ¿Qué me importa saber si eso es cierto o no?

Sufro y no sé si merecidamente (Cervatillo perseguido)

Yo no soy pesimista, soy triste”.

 

“Libro del desasosiego”, Fernando Pessoa como Bernardo Soares.

 

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Bibliotecas

“Toute la mémoire du monde. Así llamó Alain Resnais a ese cortometraje que filmó en 1956 sobre la Bibliotheque Nationale de Francia. Verdadera joya del cine y drástica reinvención del género documental, este trabajo del cineasta francés alcanza por sí solo para decir lo imprescindible sobre esa creación, arquitectónica y onírica, que es la biblioteca. Imposible reproducir aquí la sutileza de las perspectivas, el registro obsesivo de los anaqueles, la proliferación de sectores, los planos desde la altura y las tomas, simétricas o no, de un edificio captado en su enigma absoluto. Cada aspecto encuentra allí su definición: la biblioteca como galería, como prótesis de la memoria humana, como laberinto, como orden y secreto. También las funciones se complementan, anulan, potencian: en ella, no sólo se sustituye el mundo por sus réplicas; también se encuentran los pensamientos fértiles, o se buscan amparos a la escritura, sostenes entre el pasado y el porvenir.

Por momentos, nos pareciera estar en una escena de 1984 (los mensajes y documentos circulan —y son controlados— por empleados que se parecen a los burócratas de Orwell). Pero la afinidad más clara es, sin duda, con el conjunto hexagonal, ilimitado y periódico del relato de Borges “La biblioteca de Babel”. Algo hay, en efecto, en la fuerza de Resnais que consigue materializar los axiomas de ese sueño malsano, y eso que no abandona jamás la estética clásica.

No importa que no haya lectores ni peregrinos perdidos en busca de claves secretas, probablemente inexistentes. El soterrado afán de perdurar y el diagrama “inmóvil, inútil, incorruptible y perfecto” de la materia borgeana figuran allí con la fuerza de un tributo o una profecía autocumplida”.

“Pequeño mundo ilustrado”, de María Negroni

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Mi viejo caballero

 

“Como todo el mundo sabe Alicia en el País de las Maravillas fue contada para entretenimiento de tres niñas en un picnic ribereño. Lo que poca gente sabe es que esa maravillosa fuente de historias nunca se secó. Yo fui su última niña amiga, y durante las muchas largas tardes que pasamos juntos, las historias siguieron surgiendo, frescas, originales e inimitables como siempre. Dos o tres veces por semana venía y me tomaba “prestada”, y nos íbamos juntos, absolutamente contentos una en compañía del otro, a pasar tardes que jamás olvidaré. Sí he olvidado las historias, porque nunca contaba la misma dos veces, pero el Jardinero Loco y el Censor Esférico de Sylvia y Bruno nacieron en esos paseos, y me recitó muchas estrofas de la Canción del Jardinero Loco que no aparecieron en el libro.

“La felicidad de nuestras tardes juntos de ningún modo terminaba al regresar a Christ Church. Solíamos pasar horas sentados, acurrucados juntos —el anciano y la pequeña— en un gran sillón, jugando juegos de palabras, creando e interpretando lenguajes cifrados, o resolviendo raros problemas matemáticos. También jugábamos juegos ordinarios: al backgammon, a las damas y a veces al ajedrez, pero se trataba siempre de exóticas variantes de los usuales, y se tomaba un enorme trabajo para crear sus reglas. Lo más divertido era el ajedrez. Él era, por supuesto, un maestro de este juego, pero cuando jugaba con un niño, los caballos y alfiles cobraban vida y sostenían acaloradas discusiones acerca de los derechos de las reinas o las propiedades de las torres.

“A los doce años tuve escarlatina, y durante seis largas semanas estuve clausurada a toda sociedad. En todo ese tiempo no pasó un día sin que llegara una carta de «mi viejo caballero» (como mi familia lo llamaba siempre), trayéndome un puzzle original o una cifra para resolver o un nuevo y absorbente juego. ¡Todo ese tesoro fue entregado a las llamas cuando me recobré, porque podía hospedar gérmenes! Me puse furiosa en esa época, y hasta hoy no he encontrado razones para revisar mi opinión de los doce años. “Uno de sus dones más destacables consistía en que, a pesar de que hablaba con sus niñas amigas exactamente como si fueran sus iguales, nunca vacilaba para corregir una falta: jamás con un regaño, pero sí de tal manera que una veía el lado malo y lo detestaba, y nunca olvidaba lo que él había dicho. La verdad del asunto es que él mismo tenía un corazón de niño, de manera que cuando le hablaba a una niña, aun sobre las cosas más profundas de la vida, ella comprendía, porque él le hablaba en su propio lenguaje.

“En una y otra y otra ocasión, pidió a mi madre que le permitiera llevarme afuera con él, unas veces a orillas del mar, unas veces a Londres. La mente victoriana veía un mal posible aun en la asociación de una niña de doce años con un anciano de sesenta y tres. Debe haber tenido una paciencia maravillosa, porque probó de nuevo y de nuevo, pero jamás se me permitió ir con él, y yo nunca, hasta el fin de mis días, dejaré de lamentarlo. Días de estrecho vínculo con quien, no obstante su mente extravagante, fue uno de los pocos santos sabios genuinos, me fueron negados, porque el santo era varón y yo era una niña.

“Reminiscencias de la Sra. Shawyer”,  en Diarios de Carroll de Roger Lancelyn Green.

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El top 3 del FILBA


“Honduras y Fitz Roy”, le dijo Patricio Zunini – coordinador del FILBA – al tachero (seguramente iba para la librería Eterna Cadencia, una de las sedes del Festival Internacional de Literatura). Acto seguido, atendió la llamada de ACHÍS. El objetivo de la charla era claro: que Patricio nos contara cuáles son sus “imperdibles”. Acá va el top 3:

Top 3: *La comicidad y la autoironía en la cultura Italiana: Literatura, ópera y cine:
Sábado 10 de septiembre | 11.00 | MALBA
  Av. Figueroa Alcorta 3415, Palermo
“Estará presente Ermanno Cavazzoni, un escritor poco conocido. Sin embargo, es el autor  de El poema de los lunáticos, una magnífica novela que el italiano escribió a los 23 años  y luego, fue adaptada por Federico Fellini en su película La voz de la luna” explica Zunini y confiesa que “Cavazzoni es su capricho del festival”.

Top 2: * Cees Nooteboom en primera persona:
Lunes 12 de septiembre | 18.00 | Eterna Cadencia
Honduras 5582, Palermo
El holandés Cees Nooteboom, uno de los escritores más relevantes de Holanda  y varias veces nominado al Premio Nobel de Literatura, será entrevistado por la periodista Verónica Chiaravalli. Zunini agregó un interesante detalle “Nooteboom fue traducido por Coetzee”.

Top 1: *J.M Coetzee en primera persona: Ficción Inédita
Domingo 18 de septiembre | 20.00 | MALBA
  Av. Figueroa Alcorta 3415, Palermo
El plato fuerte de esta edición es sin dudas la presencia del sudafricano John M. Coetzee. El Premio Nobel 2003, con más de veinte títulos publicados y un estilo absolutamente singular como es el uso de la tercera persona autobiográfica, participará en un panel que, moderado por Susana Reinoso, realizará un recorrido por su obra indagando en la diversidad de sus textos y en su influencia narrativa contemporánea. Además – precedido por una introducción a cargo de Matilde Sánchez-  Coetzee leerá un texto de ficción inédito.
Patricio Zunini reveló orgulloso lo difícil que fue lograr la presencia de Coetzee en Argentina: “Todos los invitados tienen muchas horas de trabajo. Pero en el caso de Coetzee se sumó que se trata de un Premio Nobel que vive en Australia”.
El coordinador del FILBA nos adelantó algunas novedades del Festival: “Invitamos a escritores extranjeros a realizar diferentes recorridos, por ejemplo un escritor mexicano irá al Hipódromo y un galés a una villa–y luego escribirán sobre su experiencia. Es una forma de intervenir en su obra”. Los textos podrán leerse en una publicación del MALBA y en el blog de la fundación FILBA. Además, en esta edición se presentará Filbita, una sección dedicada a la literatura infantil y juvenil que propone tanto actividades lúdicas y literarias para los chicos como paneles y talleres de reflexión sobre la materia y la importancia de los libros en la formación de los primeros lectores. Zunini la describe como “la sección mimada del festival”.
Hoy a las 19:00 Luis Chitarroni, novelista, editor, ensayista y un gran lector- inaugurará la tercera edición del Festival Internacional de Literatura, una verdadera fiesta de las letras. ¿Los participantes del Festival? Más de 70 escritores argentinos –  algunos que serán de la partida son Mempo Giardinelli, Juan Sasturain, Martín Caparrós y Martín Kohan- y 27 autores extranjeros.
Desde hoy el FILBA ofrecerá conferencias, entrevistas, mesas redondas, recitales, performances, workshops y propuestas gratuitas que se realizarán en nueve sedes diferentes. Les dejamos la PROGRAMACIÓN completa.
En ACHÍS ya elegimos. Café, medialunas y charla.

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Villoro declara

El escritor mexicano Juan Villoro está de visita en Buenos Aires. Por ahora, agenda completa: participó de un taller sobre periodismo narrativo de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano que se realizó en Proa, estrenó Filosofía de vida, una obra teatral de su autoría, presentó algunos de sus libros que fueron reeditados (Materia Dispuesta y La casa pierde), charló con Ezequiel Martínez en la Fundación Tomás Eloy Martínez – entre los asistentes se encontraban: Carlos Busqued, Juan Terranova, Cristian Alarcón y Martín Caparrós – sobre periodismo, redes sociales, fútbol – no podía faltar – y música. Y todavía falta: el 24 de agosto dialogará en el Malba con los escritores Alan Pauls y Martín Kohan.

ACHÍS asistió a la entrevista abierta que el periodista Ezequiel Martínez le realizó. Veinte minutos más tarde de la hora pactada, llegó el escritor que, entre aplausos y risas, contó – con su ironía y característico humor – el quijotesco episodio que lo había retrasado. Ante la mirada atenta de su público Villoro habló de sus inicios en el periodismo y definió la crónica – fiel a su estilo – como “el ornitorrinco de la prosa” y explicó que es un animal híbrido que tiene que ver con muchos más estímulos y que se beneficia prácticamente de todos los géneros. También reveló su nostalgia epistolar frente al carácter anónimo del correo electrónico: “Yo soy de una generación que pedía disculpas por escribir a máquina porque era muy impersonal”.

El escritor también relató su experiencia durante el violento terremoto de 8.8 grados de intensidad que el 27 de febrero de 2010, a las 3:34 de la madrugada, hizo temblar Chile y desplazó a la ciudad de Concepción tres metros y 27 centímetros. El escritor estaba en Santiago en un congreso de literatura infantil (el tema principal era -por azar o causalidad- el papel funcional del miedo en los cuentos infantiles). Cuando le dejaron de temblar las manos – tal como se lo dijo a un colega en su vuelta a México – escribió 8.8: el miedo en el espejo.

Antes de 1985 los temblores no solo le daban miedo sino que incluso le gustaban: “Solo ahora advierto mi sostenido interés por los temblores y su relación con los misterios de nocturnidad. En el prólogo a mi libro Tiempo Transcurrido,  que recoge crónicas imaginarias que van desde el movimiento estudiantil del 68 al terremoto del 85, escribí: Desconfío de los que en momentos de peligro tienen más opiniones que miedo”.

Al terminar la charla nos quedó resonando la impactante mirada de Juan Villoro sobre el sismo ocurrido en Chile. Próximo objetivo: leer 8.8: el miedo en el espejo. Libro que duró en nuestras manos tan sólo 2 días. Simplemente porque produce esa única e indescriptible sensación de no poder dejar de leer. Si bien el autor se pregunta en el prólogo: “¿Hasta dónde es posible reconstruir la experiencia del espanto sin distorsionarla con argumentaciones ajenas a lo que se vivió como caos y marasmo?”, logra contar de manera excelente lo que rodeó aquella experiencia de terror compartido. Villoro señala: “Esta es una crónica en fragmentos. Quise ser fiel a la manera en que percibimos el drama: la población flotante de un hotel reunida en un naufragio. No es un reportaje de un país  que se quebró en su zona sur ni de una capital que resistió de forma admirable. Es la reconstrucción en partes de un microcosmos: vidas de paso que estuvieron a punto de extinguirse”.

Villoro utiliza un recurso impactante: el testimonio múltiple de aquellas vidas de paso que estuvieron a punto de desaparecer una noche en un hotel de Santiago de Chile. Y, tal como dicen, el terremoto solo permite hablar del terremoto. Por eso Villoro cuenta desde una perspectiva asombrosa e insólita – el hilo conductor de la crónica es la manera en que dormimos-  lo que vio, oyó y le contaron. Queda claro que el sismo no solamente modificó el eje de rotación de la tierra y acortó el día en 1,26 microsegundos, también produjo (y lo sigue haciendo) prolongadas réplicas psicológicas.

Y sigue: “El protagonista es un hijo del sismo: nace durante el temblor de 1957, que derrumbó el Ángel de la Independencia en Paseo de la Reforma, y recorre los veintiocho años que lo separan de su retorno solar (la misma alineación astrológica que en su fecha de nacimiento). El desenlace ocurre en México en 1985, durante el temblor que destruyó la ciudad de México. Me parecía sugerente que en una antinovela de aprendizaje, también la tierra se mostrará insegura y revelará que no tiene certezas de qué comunicar”. Nada más que agregar.

Tanta fascinación nos llevó a sacar entradas para ir a ver Filosofía de Vida al teatroadaptación de El filósofo declara, su segundo texto dramático que tuvo origen en una afirmación de su propio padre, el prestigioso filósofo Luis Villoro, que plantea que los filósofos no declaran sino que razonan (¿Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia?). A tan solo seis butacas del autor pudimos ver cada una de sus reacciones  ante la magnífica interpretación de Alcón – ¿Qué más podemos agregar sobre un trabajo del gran Alfredo? – Rodolfo Bebán y Claudia Lapacó. Villoro se emocionó ante el eco que causó cada una de sus palabras en el público y durante toda la obra paso letra del guión, adelantándose a lo que vendría. Filosofía de vida  es la historia de dos filósofos reconocidos que se reencuentran en la vejez: el Profesor y el Pato Bermúdez. Dos amigos de juventud que la vida distanció. Caminos absolutamente opuestos: el profesor se recluyó en su mundo, dedicándose a desarrollar sus ideas y escribir sus pensamientos; mientras que el Pato ejerció la función pública y obtuvo grandes honores académicos (además de disfrutar de los placeres de la vida). Luego, una oferta que se tiñe de revancha improvisa un encuentro e invita a una reflexión sobre cuestiones existenciales que – inevitablemente- penetran en la vida cotidiana, como el amor, la amistad  y la lealtad.

Citas y alusiones a Gombrowicz, Sartre, Darwin, Russell, Nietzsche y Kant atraviesan una encrucijada dramática. Los dos filósofos se encuentran para una confrontación final, libran su última batalla. Los acompaña Clara, una mujer que definió la vida de ambos. Pero mejor no contar más. Al bajar el telón conversamos, una vez más, con Villoro, que estaba asombrado por la puesta actoral y las distintas interpretaciones.

En ACHÍS seguimos recorriendo el itinerario de Juan Villoro en Buenos Aires. Próxima estación: 19 horas, 24 de agosto, Malba.

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Fénix en la web

Pablo Anadón presenta hoy en Córdoba el número 25/26 de la revista de poesía y crítica Fénix. Además, la sociedad de poetas encontrará otra novedad: los 22 números de Fénix –desde su fundación en 1997- están reunidos en el blog http://revistafenix.blogspot.com/ por la colaboración de ACHÍS.

En el blog se pueden recorrer los poemas de Horacio Castillo, Alejandro Nicotra, Rodolfo Godino, Juan José Hernández, Rafael Felipe Oteriño, Santiago Sylvester, Susana Cabuchi, Ricardo H. Herrera, César Cantoni, Alejandro Bekes, Beatriz Vignoli, Claudia Masin, Diego Muzzio, Javier Foguet, Ezequiel Zaidenwerg y Tomás Aiello, entre muchos otros. También los trabajos de crítica y traducción, junto a los debates sobre la producción poética actual, son algunas de las entradas de visita obligatoria.

Les adelantamos una poesía del joven poeta Ezequiel Zaidenwerg que publicó Fénix en su último número.

El matadero

La lírica está muerta. Vinieron a buscarla
después que se cargaron a judíos, católicos,
comunistas, etcétera; una vez que borraron
a todos, en resumen, los que seguían creyendo
en algo todavía. Yo no me preocupé
cuando se la llevaron. (Supongo que a esta altura
se imaginan el resto). Es mentira que todos
seamos necesarios, y además el poema,
muchachos, no es de Brecht.
(¿Que qué pasó? Perdonen que me vaya
por las ramas). Fue por semana santa,
a plena luz del día. Casualmente,
yo estaba por ahí, y pude verlo todo:
ella andaba en su auto (muy caro, hay que decirlo,
para ir por esos barrios); de repente se cruza
un camión frigorífico. Frenan los dos de golpe.
Un tipo desdentado, de melena grasienta,
con anteojos de culo de botella,
se baja del camión y se pone a increparla. (En realidad,
todo estaba orquestado
de antemano). Se baja ella del auto. “Por favor”,
le pide, “tranquilícese”. “Yo no
me tranquilizo nada”, dice el tipo de los dientes y de pronto saca un arma
que tenía escondida entre la ropa,
y espejeaba ahora al sol.

A partir de ese punto,
en el recuerdo, se acelera todo.
El tipo le gritó que fuera para adentro,
a la parte de atrás, a hacerles compañía
a las reses. Pero ella se negó. Y ante la negativa,
el tipo la golpeó con la culata del arma,
y la tiró sobre el capot del auto,
de espaldas, boca abajo. Forcejearon un rato.
El tipo de los dientes se le pegó de atrás,
y le subió el vestido. Ella gritó
algo que no recuerdo, y un torrente de sangre
le brotó por la boca, a borbollones. (Explotó de repente,
igual que una morcilla que se deja
demasiado en el fuego. Y yo pensé
—de eso sí me acuerdo— en la justicia
poética).
La última
imagen que me queda en la memoria
es la de un taco de ella, partido, en el asfalto,
y la luna, joyesca, que rielaba
sobre el charco de sangre.

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“Me llamo Ernesto…”

Ernesto Sábato por Antonio Berni

“Hace algunos años, una revista porteña publicó una sugestiva foto de Ernesto Sábato. Pequeño y solitario, encogido en un banco, aguardaba el tren. La imagen me dio que pensar; suscitaba cierta compasión. Porque Sábato, en definitiva, siempre ha sido eso: un Gran Niño Solo esperando un tren que nunca llega”. Así describe  Carlos Catania al escritor en Genio y figura de Ernesto Sábato.

El pueblo de su nacimiento se llama Rojas. Sus padres  llegaron a la Argentina a fines del siglo pasado y establecieron en aquel pueblo un molino harinero. Fueron once hermanos. Ernesto fue el décimo hijo varón de Juana Ferrari y vino al mundo pocos días después de que falleciera el número nueve. Le pusieron el nombre del muerto. En palabras de Sábato: “Me llamo Ernesto, porque cuando nací el 24 de junio de 1911, día del nacimiento de San Juan Bautista, acababa de morir el otro Ernesto, al que, aun en su vejez, mi madre siguió llamando Ernestito, porque murió siendo una criatura”.

Ernesto Sábato por Sara Facio

Catania reflexiona: “La infancia de Ernesto fue cerrada, gris, sin los alicientes de la felicidad salvaje. Sábato no sabía jugar (…). Para él mismo y para los demás fue un niño–problema. La madurez de su nivel intelectual se revela tan vasta y honda que, por contraste, resalta cierta inmadurez vital. Quitándole la libertad del juego, lo mutilaron de entrada”.

Y siguió la vida. Carlos Catania define a Sábato como un tipo melancólico. Y – además – nos aporta un detalle curioso: en Sobre Héroes y Tumbas, la palabra melancolía aparece mencionada 23 veces. Sin dudas, la nostalgia de Ernesto se convertiría en enfermedad metafísica. Mientras cursaba el doctorado de Física, militaba en el movimiento juvenil comunista. Fue entonces cuando conoció a Matilde, su compañera por más de 60 años. Ella tenía 17 años y quedó deslumbrada cuando él le dictó un curso sobre Marxismo. Desde entonces establecieron vínculos profundos. Luego, tuvieron dos hijos: Mario y Jorge Federico.

La palabra que mejor retrata a Sábato es sin dudas la de Matilde: “Para que se sienta con fuerzas para crear, para escribir, para liberarse de sus obsesiones y traumas necesita verse rodeado de un muro de cariño y comprensión y de ternura, y también de reconocimiento por lo ya realizado. Entonces pareciera que su fuerza y su genio se multiplicasen. Su profundo cambio interior fue cuando dejó la física. Él ha sido desde niño un alma meditativa, un artista. Con un interior melancólico pero al mismo tiempo rebelde y tumultuoso. La ciencia lo limitaba en forma atroz, de modo que fue lógico haber buscado el único cauce que podía ayudarlo a expresar, a vomitar su tormentoso interior: la novela”.

Sábato también lo dejó claro en Hombres y engranajes (1951): “Pero cuando levantaba la cabeza de los logaritmos y los sinusoides, encontraba el rostro de los hombres”. Ernesto Sábato cuenta en Antes del fin cómo fue publicar su primera novela El Túnel: “Dada mi formación científica, a nadie le parecía posible que yo pudiera dedicarme seriamente a la literatura. Un renombrado escritor llegó a comentar: ¡Que va a hacer una novela un físico!”.

Un préstamo de su generoso amigo Alfredo Weiss, permitió la publicación de El Túnel en la revista El Sur. ¿El resultado? Se agotó inmediatamente. Y después siguió su impecable carrera literaria. Y así llegó Sobre Héroes y Tumbas; Hombres y engranajes, Itinerario; Abaddon, el exterminador; Apologías y rechazos; entre otras.

En Achís, nos pareció una buena idea recorrer algunos pasajes de la vida del gran escritor argentino. Repasar su vida y sus fantasmas. Homenajear a un grande. Sábato no quería que la gente lo nombrara, quería que lo leyeran. Por eso, decidimos quedarnos con algunas palabras del escritor en Antes del Fin, su testimonio y legado espiritual: “No quiero morirme sin decirles estas palabras. Tenemos que abrirnos al mundo. No considerar que el desastre está afuera, sino que arde como una fogata en el propio comedor de nuestras casas. Es la vida y nuestra tierra las que están en peligro. Sí muchachos, la vida del mundo hay que tomarla como tarea propia y salir a defenderla”.

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“Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños…”

Arte, tecnología y literatura se unen en la tercera edición de Fase 3. El encuentro  – que se realizará del 5 al 8 de mayo en el Centro Cultural Recoleta – reúne instituciones públicas y privadas que trabajan, investigan y desarrollan experimentación fotográfica y audiovisual, nuevas tecnologías, arte digital y animación.

Una excelente oportunidad para ver  la obra Libro de Arena de Mariano Sardón. La instalación interactiva relaciona el movimiento de las manos en la arena con hipertextos extraídos de la web en los que hay textos de Jorge Luís Borges. La obra consta de 2 cubos de vidrio de 85 cm. de lado llenos de arena que al tocarla con las manos surgen códigos html extraídos de la web, que copian el movimiento de las manos. Luego, el texto se mueve como un fluido y desaparece posteriormente.

Mariano Sardón, máster en Tecnología y Estética de Artes Electrónicas, cuenta en su sitio web  que “la decisión de desarrollar una obra interactiva que funcionara en el cruce entre el arte y la tecnología implicaba un desafío y una toma de posición. Elegí concentrarme en explotar las posibilidades que de los recursos existentes”.

Además, el escritor Guillermo Martinez  dijo – en referencia a la instalación – que “la web  es una red dinámica e inmensa que conecta personas en diferentes puntos del planeta. Una red pensada como un texto diseminado en el tiempo, el espacio, el más grande nunca escrito, el más complejo e impredecible”. El escritor también explicó que la construcción del espacio a través de la luz, los colores y las texturas fue fundamental para definir la propuesta. La sala en penumbras creaba una atmósfera de irrealidad, algo apartado del mundo”.

Es importante mencionar que la obra se constituye en un sistema de interfaces relacionadas de distintas maneras, en el que se articulan tecnologías digitales, analógicas y también materiales que entran en contacto sensible con los participantes. Además, el espectador forma parte de la instalación. Cada experiencia es particular y absolutamente participativa.

El libro de arena es un libro infinito, sin principio ni fin. Por eso nos pareció una buena idea recordar un fragmento de esta excelente obra de Jorge Luís Borges:

 “Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una Biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevaba el número (digamos) 40.512 y la impar, la siguiente, 999.”

“La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.”
“Fue entonces que el desconocido me dijo:
-Mírela bien. Ya no la verá nunca más.”
“Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí. En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije: -Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?”.
“Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro.
-Ahora busque el final.”
“También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:-Esto no puede ser.
Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:
-No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita admiten cualquier número.”

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