Archivo de la categoría: LIBROS

¿A quién miramos cuando nos retratan?

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“Recuerdo vivamente un acontecimiento de los primeros años. Quizá tú también lo recuerdes. Yo lloriqueaba una noche y pedía incesantemente que me dieran agua; sin duda, no era por tener sed, sino en parte para divertirme. Como algunas amenazas violentas no habían logrado efecto, me sacaste de la cama, me llevaste al balcón y allí me dejaste solo, en camisón delante de la puerta cerrada. No quiero decir que eso estuvo mal; quizás aquella vez no había realmente otra manera de obtener tranquilidad por la noche, pero quiero caracterizar con ello tus métodos educativos y el efecto que ten tan sobre mí. Sin duda, esa vez fui obediente, pero había sufrido un daño interior. Según mi naturaleza jamás pude establecer la conexión correcta entre lo lógico, para mí, del absurdo pedir agua, y lo extraordinariamente terrible del ser llevado afuera. Todavía años después me perseguía la imagen torturadora de ese hombre gigantesco, mi padre, esa última instancia, que podía, casi sin causa, venir de noche y llevarme de la cama al balcón, y que, por tanto, a tal punto era yo una nulidad para él.

Eso fue entonces un pequeño comienzo, pero esa sensación de nulidad que a menudo me domina (una sensación en otro sentido también noble y fecunda) ha sido provocada en gran parte por tu influjo. Yo habría necesitado un poco de tu estímulo, un poco de amabilidad, un poco de abrirme el camino, y tú, en cambio, me lo obstruías, ciertamente con la buena intención de que yo eligiese otro camino. Pero yo no servía para eso. Por ejemplo, me alentabas cuando yo hacía bien el saludo militar o el paso de marcha, pero yo no era un futuro soldado, o me animabas cuando yo lograba comer mucho y hasta tomar cerveza, o cuando repetía a canciones que no entendía, o cuando repetía tus palabras favoritas, pero nada de eso pertenecía a mi futuro. Y es significativo que incluso hoy sólo me estimulas cuando algo te atañe a ti mismo, cuando hiere tu autoestimación (por ejemplo, con mi proyecto de casarme) o cuando tu autoestimación resulta herida en mí (por ejemplo cuando Pepa me insulta). Entonces se me anima, se me recuerda mi valer, se me señalan las ventajas a que yo tendría derecho, y Pepa queda definitivamente condenado. Pero aparte de ser, a mi edad actual, casi inaccesible a los estímulos, ¿de qué me servirían si sólo aparecen allí donde, primordialmente no se trata de mí?

En aquel entonces, y sólo en aquel entonces, yo habría necesitado el estímulo. Pero en verdad yo ya estaba aplastado por tu mera presencia física. Recuerdo, por ejemplo, cuando nos desnudábamos juntos en una casilla de baño. Yo, flaco, débil, enjuto; tú, fuerte, grande, ancho. Ya en la casilla me sentía miserable, y no solamente frente a tí, sino frente al mundo entero, pues tú eras para mí la medida de todas las cosas.”

Franz Kafka, “Carta al padre”

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6. y 127.

6.

“Le pedí tan poco a la vida y hasta ese poco la vida me negó. Una hebra de sol, el campo, un poco de paz con un poco de pan, que no me pese mucho el saber que existo, y no exigir nada a nadie, ni que nadie exija nada de mí. Todo esto me fue negado, como quien niega una limosna no por falta de bondad, sino por no tener que desabrocharse el abrigo para darla”.

127.

“Yo no me quejo del mundo. No protesto en nombre del universo. No soy pesimista. Sufro y me quejo, pero no sé si lo que hay de malo es el sufrimiento ni sé si es humano sufrir ¿Qué me importa saber si eso es cierto o no?

Sufro y no sé si merecidamente (Cervatillo perseguido)

Yo no soy pesimista, soy triste”.

 

“Libro del desasosiego”, Fernando Pessoa como Bernardo Soares.

 

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Bibliotecas

“Toute la mémoire du monde. Así llamó Alain Resnais a ese cortometraje que filmó en 1956 sobre la Bibliotheque Nationale de Francia. Verdadera joya del cine y drástica reinvención del género documental, este trabajo del cineasta francés alcanza por sí solo para decir lo imprescindible sobre esa creación, arquitectónica y onírica, que es la biblioteca. Imposible reproducir aquí la sutileza de las perspectivas, el registro obsesivo de los anaqueles, la proliferación de sectores, los planos desde la altura y las tomas, simétricas o no, de un edificio captado en su enigma absoluto. Cada aspecto encuentra allí su definición: la biblioteca como galería, como prótesis de la memoria humana, como laberinto, como orden y secreto. También las funciones se complementan, anulan, potencian: en ella, no sólo se sustituye el mundo por sus réplicas; también se encuentran los pensamientos fértiles, o se buscan amparos a la escritura, sostenes entre el pasado y el porvenir.

Por momentos, nos pareciera estar en una escena de 1984 (los mensajes y documentos circulan —y son controlados— por empleados que se parecen a los burócratas de Orwell). Pero la afinidad más clara es, sin duda, con el conjunto hexagonal, ilimitado y periódico del relato de Borges “La biblioteca de Babel”. Algo hay, en efecto, en la fuerza de Resnais que consigue materializar los axiomas de ese sueño malsano, y eso que no abandona jamás la estética clásica.

No importa que no haya lectores ni peregrinos perdidos en busca de claves secretas, probablemente inexistentes. El soterrado afán de perdurar y el diagrama “inmóvil, inútil, incorruptible y perfecto” de la materia borgeana figuran allí con la fuerza de un tributo o una profecía autocumplida”.

“Pequeño mundo ilustrado”, de María Negroni

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Mi viejo caballero

 

“Como todo el mundo sabe Alicia en el País de las Maravillas fue contada para entretenimiento de tres niñas en un picnic ribereño. Lo que poca gente sabe es que esa maravillosa fuente de historias nunca se secó. Yo fui su última niña amiga, y durante las muchas largas tardes que pasamos juntos, las historias siguieron surgiendo, frescas, originales e inimitables como siempre. Dos o tres veces por semana venía y me tomaba “prestada”, y nos íbamos juntos, absolutamente contentos una en compañía del otro, a pasar tardes que jamás olvidaré. Sí he olvidado las historias, porque nunca contaba la misma dos veces, pero el Jardinero Loco y el Censor Esférico de Sylvia y Bruno nacieron en esos paseos, y me recitó muchas estrofas de la Canción del Jardinero Loco que no aparecieron en el libro.

“La felicidad de nuestras tardes juntos de ningún modo terminaba al regresar a Christ Church. Solíamos pasar horas sentados, acurrucados juntos —el anciano y la pequeña— en un gran sillón, jugando juegos de palabras, creando e interpretando lenguajes cifrados, o resolviendo raros problemas matemáticos. También jugábamos juegos ordinarios: al backgammon, a las damas y a veces al ajedrez, pero se trataba siempre de exóticas variantes de los usuales, y se tomaba un enorme trabajo para crear sus reglas. Lo más divertido era el ajedrez. Él era, por supuesto, un maestro de este juego, pero cuando jugaba con un niño, los caballos y alfiles cobraban vida y sostenían acaloradas discusiones acerca de los derechos de las reinas o las propiedades de las torres.

“A los doce años tuve escarlatina, y durante seis largas semanas estuve clausurada a toda sociedad. En todo ese tiempo no pasó un día sin que llegara una carta de «mi viejo caballero» (como mi familia lo llamaba siempre), trayéndome un puzzle original o una cifra para resolver o un nuevo y absorbente juego. ¡Todo ese tesoro fue entregado a las llamas cuando me recobré, porque podía hospedar gérmenes! Me puse furiosa en esa época, y hasta hoy no he encontrado razones para revisar mi opinión de los doce años. “Uno de sus dones más destacables consistía en que, a pesar de que hablaba con sus niñas amigas exactamente como si fueran sus iguales, nunca vacilaba para corregir una falta: jamás con un regaño, pero sí de tal manera que una veía el lado malo y lo detestaba, y nunca olvidaba lo que él había dicho. La verdad del asunto es que él mismo tenía un corazón de niño, de manera que cuando le hablaba a una niña, aun sobre las cosas más profundas de la vida, ella comprendía, porque él le hablaba en su propio lenguaje.

“En una y otra y otra ocasión, pidió a mi madre que le permitiera llevarme afuera con él, unas veces a orillas del mar, unas veces a Londres. La mente victoriana veía un mal posible aun en la asociación de una niña de doce años con un anciano de sesenta y tres. Debe haber tenido una paciencia maravillosa, porque probó de nuevo y de nuevo, pero jamás se me permitió ir con él, y yo nunca, hasta el fin de mis días, dejaré de lamentarlo. Días de estrecho vínculo con quien, no obstante su mente extravagante, fue uno de los pocos santos sabios genuinos, me fueron negados, porque el santo era varón y yo era una niña.

“Reminiscencias de la Sra. Shawyer”,  en Diarios de Carroll de Roger Lancelyn Green.

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Villoro declara

El escritor mexicano Juan Villoro está de visita en Buenos Aires. Por ahora, agenda completa: participó de un taller sobre periodismo narrativo de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano que se realizó en Proa, estrenó Filosofía de vida, una obra teatral de su autoría, presentó algunos de sus libros que fueron reeditados (Materia Dispuesta y La casa pierde), charló con Ezequiel Martínez en la Fundación Tomás Eloy Martínez – entre los asistentes se encontraban: Carlos Busqued, Juan Terranova, Cristian Alarcón y Martín Caparrós – sobre periodismo, redes sociales, fútbol – no podía faltar – y música. Y todavía falta: el 24 de agosto dialogará en el Malba con los escritores Alan Pauls y Martín Kohan.

ACHÍS asistió a la entrevista abierta que el periodista Ezequiel Martínez le realizó. Veinte minutos más tarde de la hora pactada, llegó el escritor que, entre aplausos y risas, contó – con su ironía y característico humor – el quijotesco episodio que lo había retrasado. Ante la mirada atenta de su público Villoro habló de sus inicios en el periodismo y definió la crónica – fiel a su estilo – como “el ornitorrinco de la prosa” y explicó que es un animal híbrido que tiene que ver con muchos más estímulos y que se beneficia prácticamente de todos los géneros. También reveló su nostalgia epistolar frente al carácter anónimo del correo electrónico: “Yo soy de una generación que pedía disculpas por escribir a máquina porque era muy impersonal”.

El escritor también relató su experiencia durante el violento terremoto de 8.8 grados de intensidad que el 27 de febrero de 2010, a las 3:34 de la madrugada, hizo temblar Chile y desplazó a la ciudad de Concepción tres metros y 27 centímetros. El escritor estaba en Santiago en un congreso de literatura infantil (el tema principal era -por azar o causalidad- el papel funcional del miedo en los cuentos infantiles). Cuando le dejaron de temblar las manos – tal como se lo dijo a un colega en su vuelta a México – escribió 8.8: el miedo en el espejo.

Antes de 1985 los temblores no solo le daban miedo sino que incluso le gustaban: “Solo ahora advierto mi sostenido interés por los temblores y su relación con los misterios de nocturnidad. En el prólogo a mi libro Tiempo Transcurrido,  que recoge crónicas imaginarias que van desde el movimiento estudiantil del 68 al terremoto del 85, escribí: Desconfío de los que en momentos de peligro tienen más opiniones que miedo”.

Al terminar la charla nos quedó resonando la impactante mirada de Juan Villoro sobre el sismo ocurrido en Chile. Próximo objetivo: leer 8.8: el miedo en el espejo. Libro que duró en nuestras manos tan sólo 2 días. Simplemente porque produce esa única e indescriptible sensación de no poder dejar de leer. Si bien el autor se pregunta en el prólogo: “¿Hasta dónde es posible reconstruir la experiencia del espanto sin distorsionarla con argumentaciones ajenas a lo que se vivió como caos y marasmo?”, logra contar de manera excelente lo que rodeó aquella experiencia de terror compartido. Villoro señala: “Esta es una crónica en fragmentos. Quise ser fiel a la manera en que percibimos el drama: la población flotante de un hotel reunida en un naufragio. No es un reportaje de un país  que se quebró en su zona sur ni de una capital que resistió de forma admirable. Es la reconstrucción en partes de un microcosmos: vidas de paso que estuvieron a punto de extinguirse”.

Villoro utiliza un recurso impactante: el testimonio múltiple de aquellas vidas de paso que estuvieron a punto de desaparecer una noche en un hotel de Santiago de Chile. Y, tal como dicen, el terremoto solo permite hablar del terremoto. Por eso Villoro cuenta desde una perspectiva asombrosa e insólita – el hilo conductor de la crónica es la manera en que dormimos-  lo que vio, oyó y le contaron. Queda claro que el sismo no solamente modificó el eje de rotación de la tierra y acortó el día en 1,26 microsegundos, también produjo (y lo sigue haciendo) prolongadas réplicas psicológicas.

Y sigue: “El protagonista es un hijo del sismo: nace durante el temblor de 1957, que derrumbó el Ángel de la Independencia en Paseo de la Reforma, y recorre los veintiocho años que lo separan de su retorno solar (la misma alineación astrológica que en su fecha de nacimiento). El desenlace ocurre en México en 1985, durante el temblor que destruyó la ciudad de México. Me parecía sugerente que en una antinovela de aprendizaje, también la tierra se mostrará insegura y revelará que no tiene certezas de qué comunicar”. Nada más que agregar.

Tanta fascinación nos llevó a sacar entradas para ir a ver Filosofía de Vida al teatroadaptación de El filósofo declara, su segundo texto dramático que tuvo origen en una afirmación de su propio padre, el prestigioso filósofo Luis Villoro, que plantea que los filósofos no declaran sino que razonan (¿Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia?). A tan solo seis butacas del autor pudimos ver cada una de sus reacciones  ante la magnífica interpretación de Alcón – ¿Qué más podemos agregar sobre un trabajo del gran Alfredo? – Rodolfo Bebán y Claudia Lapacó. Villoro se emocionó ante el eco que causó cada una de sus palabras en el público y durante toda la obra paso letra del guión, adelantándose a lo que vendría. Filosofía de vida  es la historia de dos filósofos reconocidos que se reencuentran en la vejez: el Profesor y el Pato Bermúdez. Dos amigos de juventud que la vida distanció. Caminos absolutamente opuestos: el profesor se recluyó en su mundo, dedicándose a desarrollar sus ideas y escribir sus pensamientos; mientras que el Pato ejerció la función pública y obtuvo grandes honores académicos (además de disfrutar de los placeres de la vida). Luego, una oferta que se tiñe de revancha improvisa un encuentro e invita a una reflexión sobre cuestiones existenciales que – inevitablemente- penetran en la vida cotidiana, como el amor, la amistad  y la lealtad.

Citas y alusiones a Gombrowicz, Sartre, Darwin, Russell, Nietzsche y Kant atraviesan una encrucijada dramática. Los dos filósofos se encuentran para una confrontación final, libran su última batalla. Los acompaña Clara, una mujer que definió la vida de ambos. Pero mejor no contar más. Al bajar el telón conversamos, una vez más, con Villoro, que estaba asombrado por la puesta actoral y las distintas interpretaciones.

En ACHÍS seguimos recorriendo el itinerario de Juan Villoro en Buenos Aires. Próxima estación: 19 horas, 24 de agosto, Malba.

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Fénix en la web

Pablo Anadón presenta hoy en Córdoba el número 25/26 de la revista de poesía y crítica Fénix. Además, la sociedad de poetas encontrará otra novedad: los 22 números de Fénix –desde su fundación en 1997- están reunidos en el blog http://revistafenix.blogspot.com/ por la colaboración de ACHÍS.

En el blog se pueden recorrer los poemas de Horacio Castillo, Alejandro Nicotra, Rodolfo Godino, Juan José Hernández, Rafael Felipe Oteriño, Santiago Sylvester, Susana Cabuchi, Ricardo H. Herrera, César Cantoni, Alejandro Bekes, Beatriz Vignoli, Claudia Masin, Diego Muzzio, Javier Foguet, Ezequiel Zaidenwerg y Tomás Aiello, entre muchos otros. También los trabajos de crítica y traducción, junto a los debates sobre la producción poética actual, son algunas de las entradas de visita obligatoria.

Les adelantamos una poesía del joven poeta Ezequiel Zaidenwerg que publicó Fénix en su último número.

El matadero

La lírica está muerta. Vinieron a buscarla
después que se cargaron a judíos, católicos,
comunistas, etcétera; una vez que borraron
a todos, en resumen, los que seguían creyendo
en algo todavía. Yo no me preocupé
cuando se la llevaron. (Supongo que a esta altura
se imaginan el resto). Es mentira que todos
seamos necesarios, y además el poema,
muchachos, no es de Brecht.
(¿Que qué pasó? Perdonen que me vaya
por las ramas). Fue por semana santa,
a plena luz del día. Casualmente,
yo estaba por ahí, y pude verlo todo:
ella andaba en su auto (muy caro, hay que decirlo,
para ir por esos barrios); de repente se cruza
un camión frigorífico. Frenan los dos de golpe.
Un tipo desdentado, de melena grasienta,
con anteojos de culo de botella,
se baja del camión y se pone a increparla. (En realidad,
todo estaba orquestado
de antemano). Se baja ella del auto. “Por favor”,
le pide, “tranquilícese”. “Yo no
me tranquilizo nada”, dice el tipo de los dientes y de pronto saca un arma
que tenía escondida entre la ropa,
y espejeaba ahora al sol.

A partir de ese punto,
en el recuerdo, se acelera todo.
El tipo le gritó que fuera para adentro,
a la parte de atrás, a hacerles compañía
a las reses. Pero ella se negó. Y ante la negativa,
el tipo la golpeó con la culata del arma,
y la tiró sobre el capot del auto,
de espaldas, boca abajo. Forcejearon un rato.
El tipo de los dientes se le pegó de atrás,
y le subió el vestido. Ella gritó
algo que no recuerdo, y un torrente de sangre
le brotó por la boca, a borbollones. (Explotó de repente,
igual que una morcilla que se deja
demasiado en el fuego. Y yo pensé
—de eso sí me acuerdo— en la justicia
poética).
La última
imagen que me queda en la memoria
es la de un taco de ella, partido, en el asfalto,
y la luna, joyesca, que rielaba
sobre el charco de sangre.

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En casi todas las fotografías

Nº87 Julio 1958, Llansa

Erik Kessels encontró una caja que guardaba un secreto: una serie de fotografías tomadas desde 1956 a 1968 sacadas por un hombre común a su mujer durante las vacaciones. Son días como cualquier otro: en una playa, junto a una fuente, en una montaña, sobre un puente, en la nieve, en una iglesia o al lado de una Santa Rita. A medida que pasamos las páginas vemos que a ella le cambia el pelo, los anteojos, la piel, el humor… La conocemos a Ella, o creemos conocerla, y de a poco también lo conocemos a Él.

Nº11 Julio 1956, Cala Grifen

Hace cuatro años alguien nos mostró In almost every picture (editado por Kessels) y hoy lo conseguimos. La pregunta que atraviesa el libro es cuál es el significado de una fotografía. En La cámara lúcida de Roland Barthes encontramos una respuesta: “La fotografía tiene algo que ver con la resurrección”.

Nº95 Agosto 1958, Tibidabo-Agosto

En el prólogo, Kessels escribe:

bailar con, saber, soñar con, nadar en el mar con, comer con, compartir con, charlar con, viajar con, reír con, leer con, admirar, abrazar, extrañar, confiar, vivir con, cantar con, tocar, adorar, clamar, jugar con, dormir con, hacer feliz a alguien, amar …verte en casi todas las fotografías

Nº128 Julio 1959, Camp de Mar

Y se nos cruzó el final de la película Con ánimo de amar de Wong Kar Wai:

“Él recuerda esa época pasada como si mirase a través de un cristal cubierto de polvo.

El pasado es algo que puede ver pero no tocar

Y todo cuanto ve está borroso y confuso”.

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Literatura desde “el fin del mundo”

El año pasado once autores viajaron a Ushuaia para abrir un nuevo espacio de producción y discusión literaria. El Festival Iberoamericano de Nueva Narrativa lanzó entonces una convocatoria inspirada en los cronistas exploradores que en el siglo XVIII viajaron desde muy lejos a las tierras del sur.

¿El resultado? Crónicas del fin del mundo, un libro de distribución gratuita que recopila las obras escritas durante el Festival.

¿Los escritores?  Mario Bellatin (México), Oliverio Coelho (Argentina), João Paulo Cuenca (Brasil),  Mariana Enríquez (Argentina), Giovanna Rivero (Bolivia), Karla Suárez (Cuba) y el ilustrador Liniers.

La buena noticia es que el libro (auspiciado por el Instituto de Promoción Turismo de la Nación) se presentará mañana en el Centro Cultural España Buenos Aires. Los autores  firmarán ejemplares y dialogarán junto a Edgardo Cozarinsky y Elsa Drucaroff. También se darán a conocer las novelas ganadoras del Premio Iberoamericano de Novela Breve, Torrente de Mariano Quirós, y Los Eventuales, de Ulises Cremonte.

Además se proyectará el documental realizado por Rodrigo Espina: Historias del Fin del Mundo. Una excelente oportunidad para disfrutar de los imponentes paisajes patagónicos.

Más información:

Centro Cultural España Buenos Aires
Balcarce 1150 (San Telmo)
19 horas

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Último round

Portada del libro Último Round, de editorial RM.

“Hay que soñar, pero a condición de creer seriamente en nuestro sueño, de examinar con atención la vida real, de confrontar nuestras observaciones con nuestro sueño, de realizar escrupulosamente nuestra fantasía”, son las palabras de Lenin que pueden leerse en la portada de Último round de Julio Cortázar. El libro (o los dos libros, o los miles de libros) fue publicado por la editorial RM. En “Noticias del mes de mayo”, el escritor argentino reunió una serie de frases que, de alguna manera, le pertenecen.

Cortázar escribe:

“Ahora estas noticias
este collage de recuerdos.
igual que lo que cuentan
son obra anónima: la lucha
de un puñado de pájaros contra la Gran Costumbre.
Manos livianas las trazaron
con la tiza que inventa la poesía en la calle,
con el color que asalta los grises anfiteatros.
Aquí prosigue la tarea
de escribir en los muros de la Tierra:
EL SUEÑO ES REALIDAD”

Algunas de las frases recopiladas en el libro:

“Exagerar es ya un comienzo de invención” (Inscripción en la Facultad de Letras de París, mayo de 1968)
“Mis deseos son la realidad” (Nanterre)
“La revolución es increíble porque es verdadera” (Faculta de Letras, París)
“Dios es un escándalo, un escándalo que da rentas” (Baudelaire, Liceo Condorcet, París)
“Las reservas impuestas al placer excitan el placer de vivir sin reservas” (Nanterre)
“La poesía está en la calle” (Rue Rotrou)
“El derecho de vivir no se mendiga, se toma” (Nanterre)

Cortázar concluye:

“Sí, nuestros sueños
una vez más los sueños golpeando como ramas de tormenta
en las ventanas ciegas
una vez más los sueños
la certidumbre de que Mayo
puso en el vientre de la noche
un semen de canción de antorcha la llamada
tierna y salvaje del amor que mira hacia lo lejos
para inventar el alba del horizonte.
“DURMIENDO SE TRABAJA MEJOR: FORMEN COMITÉS DE SUEÑOS” (Sorbona)

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Frida Kahlo: Sus fotos

Frida Kahlo. En el reverso: “Abril 1929. Julio. Para Diego. Frida”, ca.1926. Foto: Guillermo Kahlo.

Frida Kahlo: Sus fotos reúne las fotografías más interesantes del archivo guardado de Frida que contenía más de seis mil imágenes. El libro, publicado por la editorial RM y editado por Pablo Ortiz Monasterio, agrupa siete temas principales: Orígenes, Papá, Casa Azul, Cuerpo roto, Amores, La fotografía y Lucha política, que son acompañados por ensayos escritos por expertos de distintas nacionalidades.

El padre de Frida, Guillermo Kahlo, era un fotógrafo de origen alemán. Por ello, desde niña, Frida se familiarizó con los principios básicos de la composición y en ocasiones, junto a su hermana, retocaba las placas fotográficas o acompañaba a su padre a tomar las fotografías. Don Guillermo explotó el género del autorretrato y hay varias placas que muestran a Frida de niña y adolescente de la misma manera en que posaría en los lienzos. Como una herencia, el autorretrato fue la herramienta expresiva fundamental para Frida.

En Achís reproducimos algunos pasajes del libro, junto a algunas de las fotos más impactantes.

“Gracias al acervo que Frida acumuló, hoy se puede constatar que la afición al autorretrato del propio padre fue una influencia fundamental en la obra de la pintora y en la manera en que ella posó siempre ante las cámaras. Ya desde los retratos que su padre le tomara desde niña puede percibirse un sorprendente conocimiento de la artista por sus mejores ángulos y poses”.

(Trujillo Soto)

Radiografía de Frida Kahlo, abril de 1954. Ciudad de México.

“Las coordenadas son muy conocidas: nació (1907) con espina bífida; al parecer, poliomielitis a los seis años de edad; politrumatismo por accidente vehicular a los 18, con herida penetrante en la cavidad abdominal por una barra de hierro y fracturas múltiples en codo, columna vertebral, pelvis y pierna y pie derechos; tres abortos (uno espontáneo, dos quirúrgicos); alcoholismo, tabaquismo, anorexia y una muerte, a los 47 años (1954), bajo sospecha de suicidio. Y el dolor, desde luego, los dolores de Frida, tan llevados y traídos, tan en el centro de su creación artística”.

(Mauricio Ortiz)

Diego Rivera en su estudio de San Ángel. Ciudad de México, ca.1940.

“La huella del lápiz labial de Kahlo, aplicada en fechas desconocidas sobre algunas fotografías y cartas, no siempre indica pasión (…) Aun cuando sabemos que hubo un romance (o algo más), las fotografías nunca son eróticas. Se trata más bien de registros de cuerpos alguna vez abrazados…”

(James Oles)

Un consejo de ACHÍS: conseguir el libro para el fin de semana largo o ir a un café a mirarlo.

¡Salud!

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