Villoro declara

El escritor mexicano Juan Villoro está de visita en Buenos Aires. Por ahora, agenda completa: participó de un taller sobre periodismo narrativo de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano que se realizó en Proa, estrenó Filosofía de vida, una obra teatral de su autoría, presentó algunos de sus libros que fueron reeditados (Materia Dispuesta y La casa pierde), charló con Ezequiel Martínez en la Fundación Tomás Eloy Martínez – entre los asistentes se encontraban: Carlos Busqued, Juan Terranova, Cristian Alarcón y Martín Caparrós – sobre periodismo, redes sociales, fútbol – no podía faltar – y música. Y todavía falta: el 24 de agosto dialogará en el Malba con los escritores Alan Pauls y Martín Kohan.

ACHÍS asistió a la entrevista abierta que el periodista Ezequiel Martínez le realizó. Veinte minutos más tarde de la hora pactada, llegó el escritor que, entre aplausos y risas, contó – con su ironía y característico humor – el quijotesco episodio que lo había retrasado. Ante la mirada atenta de su público Villoro habló de sus inicios en el periodismo y definió la crónica – fiel a su estilo – como “el ornitorrinco de la prosa” y explicó que es un animal híbrido que tiene que ver con muchos más estímulos y que se beneficia prácticamente de todos los géneros. También reveló su nostalgia epistolar frente al carácter anónimo del correo electrónico: “Yo soy de una generación que pedía disculpas por escribir a máquina porque era muy impersonal”.

El escritor también relató su experiencia durante el violento terremoto de 8.8 grados de intensidad que el 27 de febrero de 2010, a las 3:34 de la madrugada, hizo temblar Chile y desplazó a la ciudad de Concepción tres metros y 27 centímetros. El escritor estaba en Santiago en un congreso de literatura infantil (el tema principal era -por azar o causalidad- el papel funcional del miedo en los cuentos infantiles). Cuando le dejaron de temblar las manos – tal como se lo dijo a un colega en su vuelta a México – escribió 8.8: el miedo en el espejo.

Antes de 1985 los temblores no solo le daban miedo sino que incluso le gustaban: “Solo ahora advierto mi sostenido interés por los temblores y su relación con los misterios de nocturnidad. En el prólogo a mi libro Tiempo Transcurrido,  que recoge crónicas imaginarias que van desde el movimiento estudiantil del 68 al terremoto del 85, escribí: Desconfío de los que en momentos de peligro tienen más opiniones que miedo”.

Al terminar la charla nos quedó resonando la impactante mirada de Juan Villoro sobre el sismo ocurrido en Chile. Próximo objetivo: leer 8.8: el miedo en el espejo. Libro que duró en nuestras manos tan sólo 2 días. Simplemente porque produce esa única e indescriptible sensación de no poder dejar de leer. Si bien el autor se pregunta en el prólogo: “¿Hasta dónde es posible reconstruir la experiencia del espanto sin distorsionarla con argumentaciones ajenas a lo que se vivió como caos y marasmo?”, logra contar de manera excelente lo que rodeó aquella experiencia de terror compartido. Villoro señala: “Esta es una crónica en fragmentos. Quise ser fiel a la manera en que percibimos el drama: la población flotante de un hotel reunida en un naufragio. No es un reportaje de un país  que se quebró en su zona sur ni de una capital que resistió de forma admirable. Es la reconstrucción en partes de un microcosmos: vidas de paso que estuvieron a punto de extinguirse”.

Villoro utiliza un recurso impactante: el testimonio múltiple de aquellas vidas de paso que estuvieron a punto de desaparecer una noche en un hotel de Santiago de Chile. Y, tal como dicen, el terremoto solo permite hablar del terremoto. Por eso Villoro cuenta desde una perspectiva asombrosa e insólita – el hilo conductor de la crónica es la manera en que dormimos-  lo que vio, oyó y le contaron. Queda claro que el sismo no solamente modificó el eje de rotación de la tierra y acortó el día en 1,26 microsegundos, también produjo (y lo sigue haciendo) prolongadas réplicas psicológicas.

Y sigue: “El protagonista es un hijo del sismo: nace durante el temblor de 1957, que derrumbó el Ángel de la Independencia en Paseo de la Reforma, y recorre los veintiocho años que lo separan de su retorno solar (la misma alineación astrológica que en su fecha de nacimiento). El desenlace ocurre en México en 1985, durante el temblor que destruyó la ciudad de México. Me parecía sugerente que en una antinovela de aprendizaje, también la tierra se mostrará insegura y revelará que no tiene certezas de qué comunicar”. Nada más que agregar.

Tanta fascinación nos llevó a sacar entradas para ir a ver Filosofía de Vida al teatroadaptación de El filósofo declara, su segundo texto dramático que tuvo origen en una afirmación de su propio padre, el prestigioso filósofo Luis Villoro, que plantea que los filósofos no declaran sino que razonan (¿Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia?). A tan solo seis butacas del autor pudimos ver cada una de sus reacciones  ante la magnífica interpretación de Alcón – ¿Qué más podemos agregar sobre un trabajo del gran Alfredo? – Rodolfo Bebán y Claudia Lapacó. Villoro se emocionó ante el eco que causó cada una de sus palabras en el público y durante toda la obra paso letra del guión, adelantándose a lo que vendría. Filosofía de vida  es la historia de dos filósofos reconocidos que se reencuentran en la vejez: el Profesor y el Pato Bermúdez. Dos amigos de juventud que la vida distanció. Caminos absolutamente opuestos: el profesor se recluyó en su mundo, dedicándose a desarrollar sus ideas y escribir sus pensamientos; mientras que el Pato ejerció la función pública y obtuvo grandes honores académicos (además de disfrutar de los placeres de la vida). Luego, una oferta que se tiñe de revancha improvisa un encuentro e invita a una reflexión sobre cuestiones existenciales que – inevitablemente- penetran en la vida cotidiana, como el amor, la amistad  y la lealtad.

Citas y alusiones a Gombrowicz, Sartre, Darwin, Russell, Nietzsche y Kant atraviesan una encrucijada dramática. Los dos filósofos se encuentran para una confrontación final, libran su última batalla. Los acompaña Clara, una mujer que definió la vida de ambos. Pero mejor no contar más. Al bajar el telón conversamos, una vez más, con Villoro, que estaba asombrado por la puesta actoral y las distintas interpretaciones.

En ACHÍS seguimos recorriendo el itinerario de Juan Villoro en Buenos Aires. Próxima estación: 19 horas, 24 de agosto, Malba.

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