Fénix en la web

Pablo Anadón presenta hoy en Córdoba el número 25/26 de la revista de poesía y crítica Fénix. Además, la sociedad de poetas encontrará otra novedad: los 22 números de Fénix –desde su fundación en 1997- están reunidos en el blog http://revistafenix.blogspot.com/ por la colaboración de ACHÍS.

En el blog se pueden recorrer los poemas de Horacio Castillo, Alejandro Nicotra, Rodolfo Godino, Juan José Hernández, Rafael Felipe Oteriño, Santiago Sylvester, Susana Cabuchi, Ricardo H. Herrera, César Cantoni, Alejandro Bekes, Beatriz Vignoli, Claudia Masin, Diego Muzzio, Javier Foguet, Ezequiel Zaidenwerg y Tomás Aiello, entre muchos otros. También los trabajos de crítica y traducción, junto a los debates sobre la producción poética actual, son algunas de las entradas de visita obligatoria.

Les adelantamos una poesía del joven poeta Ezequiel Zaidenwerg que publicó Fénix en su último número.

El matadero

La lírica está muerta. Vinieron a buscarla
después que se cargaron a judíos, católicos,
comunistas, etcétera; una vez que borraron
a todos, en resumen, los que seguían creyendo
en algo todavía. Yo no me preocupé
cuando se la llevaron. (Supongo que a esta altura
se imaginan el resto). Es mentira que todos
seamos necesarios, y además el poema,
muchachos, no es de Brecht.
(¿Que qué pasó? Perdonen que me vaya
por las ramas). Fue por semana santa,
a plena luz del día. Casualmente,
yo estaba por ahí, y pude verlo todo:
ella andaba en su auto (muy caro, hay que decirlo,
para ir por esos barrios); de repente se cruza
un camión frigorífico. Frenan los dos de golpe.
Un tipo desdentado, de melena grasienta,
con anteojos de culo de botella,
se baja del camión y se pone a increparla. (En realidad,
todo estaba orquestado
de antemano). Se baja ella del auto. “Por favor”,
le pide, “tranquilícese”. “Yo no
me tranquilizo nada”, dice el tipo de los dientes y de pronto saca un arma
que tenía escondida entre la ropa,
y espejeaba ahora al sol.

A partir de ese punto,
en el recuerdo, se acelera todo.
El tipo le gritó que fuera para adentro,
a la parte de atrás, a hacerles compañía
a las reses. Pero ella se negó. Y ante la negativa,
el tipo la golpeó con la culata del arma,
y la tiró sobre el capot del auto,
de espaldas, boca abajo. Forcejearon un rato.
El tipo de los dientes se le pegó de atrás,
y le subió el vestido. Ella gritó
algo que no recuerdo, y un torrente de sangre
le brotó por la boca, a borbollones. (Explotó de repente,
igual que una morcilla que se deja
demasiado en el fuego. Y yo pensé
—de eso sí me acuerdo— en la justicia
poética).
La última
imagen que me queda en la memoria
es la de un taco de ella, partido, en el asfalto,
y la luna, joyesca, que rielaba
sobre el charco de sangre.

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