“Me llamo Ernesto…”

Ernesto Sábato por Antonio Berni

“Hace algunos años, una revista porteña publicó una sugestiva foto de Ernesto Sábato. Pequeño y solitario, encogido en un banco, aguardaba el tren. La imagen me dio que pensar; suscitaba cierta compasión. Porque Sábato, en definitiva, siempre ha sido eso: un Gran Niño Solo esperando un tren que nunca llega”. Así describe  Carlos Catania al escritor en Genio y figura de Ernesto Sábato.

El pueblo de su nacimiento se llama Rojas. Sus padres  llegaron a la Argentina a fines del siglo pasado y establecieron en aquel pueblo un molino harinero. Fueron once hermanos. Ernesto fue el décimo hijo varón de Juana Ferrari y vino al mundo pocos días después de que falleciera el número nueve. Le pusieron el nombre del muerto. En palabras de Sábato: “Me llamo Ernesto, porque cuando nací el 24 de junio de 1911, día del nacimiento de San Juan Bautista, acababa de morir el otro Ernesto, al que, aun en su vejez, mi madre siguió llamando Ernestito, porque murió siendo una criatura”.

Ernesto Sábato por Sara Facio

Catania reflexiona: “La infancia de Ernesto fue cerrada, gris, sin los alicientes de la felicidad salvaje. Sábato no sabía jugar (…). Para él mismo y para los demás fue un niño–problema. La madurez de su nivel intelectual se revela tan vasta y honda que, por contraste, resalta cierta inmadurez vital. Quitándole la libertad del juego, lo mutilaron de entrada”.

Y siguió la vida. Carlos Catania define a Sábato como un tipo melancólico. Y – además – nos aporta un detalle curioso: en Sobre Héroes y Tumbas, la palabra melancolía aparece mencionada 23 veces. Sin dudas, la nostalgia de Ernesto se convertiría en enfermedad metafísica. Mientras cursaba el doctorado de Física, militaba en el movimiento juvenil comunista. Fue entonces cuando conoció a Matilde, su compañera por más de 60 años. Ella tenía 17 años y quedó deslumbrada cuando él le dictó un curso sobre Marxismo. Desde entonces establecieron vínculos profundos. Luego, tuvieron dos hijos: Mario y Jorge Federico.

La palabra que mejor retrata a Sábato es sin dudas la de Matilde: “Para que se sienta con fuerzas para crear, para escribir, para liberarse de sus obsesiones y traumas necesita verse rodeado de un muro de cariño y comprensión y de ternura, y también de reconocimiento por lo ya realizado. Entonces pareciera que su fuerza y su genio se multiplicasen. Su profundo cambio interior fue cuando dejó la física. Él ha sido desde niño un alma meditativa, un artista. Con un interior melancólico pero al mismo tiempo rebelde y tumultuoso. La ciencia lo limitaba en forma atroz, de modo que fue lógico haber buscado el único cauce que podía ayudarlo a expresar, a vomitar su tormentoso interior: la novela”.

Sábato también lo dejó claro en Hombres y engranajes (1951): “Pero cuando levantaba la cabeza de los logaritmos y los sinusoides, encontraba el rostro de los hombres”. Ernesto Sábato cuenta en Antes del fin cómo fue publicar su primera novela El Túnel: “Dada mi formación científica, a nadie le parecía posible que yo pudiera dedicarme seriamente a la literatura. Un renombrado escritor llegó a comentar: ¡Que va a hacer una novela un físico!”.

Un préstamo de su generoso amigo Alfredo Weiss, permitió la publicación de El Túnel en la revista El Sur. ¿El resultado? Se agotó inmediatamente. Y después siguió su impecable carrera literaria. Y así llegó Sobre Héroes y Tumbas; Hombres y engranajes, Itinerario; Abaddon, el exterminador; Apologías y rechazos; entre otras.

En Achís, nos pareció una buena idea recorrer algunos pasajes de la vida del gran escritor argentino. Repasar su vida y sus fantasmas. Homenajear a un grande. Sábato no quería que la gente lo nombrara, quería que lo leyeran. Por eso, decidimos quedarnos con algunas palabras del escritor en Antes del Fin, su testimonio y legado espiritual: “No quiero morirme sin decirles estas palabras. Tenemos que abrirnos al mundo. No considerar que el desastre está afuera, sino que arde como una fogata en el propio comedor de nuestras casas. Es la vida y nuestra tierra las que están en peligro. Sí muchachos, la vida del mundo hay que tomarla como tarea propia y salir a defenderla”.

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