Nuevo blog! “Jorge Labanca: Novedades del mundo del derecho”

Les presentamos el nuevo sitio del abogado Jorge Labanca. Pasen y vean: www.jorge-labanca.com.ar

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Portfolio: Jorge N. Labanca Abogados

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¡En Estudio Achís estamos de festejo! Finalizamos el diseño del sitio web de Jorge N. Labanca Abogados, un estudio jurídico con más de treinta años de trayectoria. El Estudio, liderado por el abogado Jorge Labanca se ha consolidado como uno de los estudios jurídicos más creativos y eficientes del país.

Además, llevamos a cabo el diseño del blog personal del abogado Jorge Labanca donde los usuarios pueden encontrar sus libros, artículos jurídicos, conferencias y artículos periodísticos.

A continuación, los links a algunos de sus libros, una gran colaboración al Derecho:

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– Labanca, Jorge Nicolás, Prescripción y caducidad en el derecho comercial, Editorial Astrea, Elementos del Derecho Comercial, Buenos Aires, 1988.

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– Labanca, Jorge Nicolás; Sanguinetti, Raúl Carlos, Ajuste y desajuste de la deuda financiera (A propósito de la actualización por el índice de la Circular RF 1050), Universidad Católica Argentina, El Derecho, Buenos Aires. 

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– Labanca, Jorge Nicolás, El secreto bancario y otros estudios, Buenos Aires, Abeledo-Perrot, Buenos Aires, 1968.

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Labanca, Jorge Nicolás, La venta internacional, Buenos Aires, Abeledo-Perrot, Buenos Aires, 1968.

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Labanca, Jorge Nicolás, Los contratos bancarios de apertura de crédito y descuento, Ediciones Depalma, Buenos Aires, 1964.

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Labanca, Jorge Nicolás, El crédito documentado, Buenos Aires, Ediciones Depalma, Buenos Aires, 1965.

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¿A quién miramos cuando nos retratan?

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“Recuerdo vivamente un acontecimiento de los primeros años. Quizá tú también lo recuerdes. Yo lloriqueaba una noche y pedía incesantemente que me dieran agua; sin duda, no era por tener sed, sino en parte para divertirme. Como algunas amenazas violentas no habían logrado efecto, me sacaste de la cama, me llevaste al balcón y allí me dejaste solo, en camisón delante de la puerta cerrada. No quiero decir que eso estuvo mal; quizás aquella vez no había realmente otra manera de obtener tranquilidad por la noche, pero quiero caracterizar con ello tus métodos educativos y el efecto que ten tan sobre mí. Sin duda, esa vez fui obediente, pero había sufrido un daño interior. Según mi naturaleza jamás pude establecer la conexión correcta entre lo lógico, para mí, del absurdo pedir agua, y lo extraordinariamente terrible del ser llevado afuera. Todavía años después me perseguía la imagen torturadora de ese hombre gigantesco, mi padre, esa última instancia, que podía, casi sin causa, venir de noche y llevarme de la cama al balcón, y que, por tanto, a tal punto era yo una nulidad para él.

Eso fue entonces un pequeño comienzo, pero esa sensación de nulidad que a menudo me domina (una sensación en otro sentido también noble y fecunda) ha sido provocada en gran parte por tu influjo. Yo habría necesitado un poco de tu estímulo, un poco de amabilidad, un poco de abrirme el camino, y tú, en cambio, me lo obstruías, ciertamente con la buena intención de que yo eligiese otro camino. Pero yo no servía para eso. Por ejemplo, me alentabas cuando yo hacía bien el saludo militar o el paso de marcha, pero yo no era un futuro soldado, o me animabas cuando yo lograba comer mucho y hasta tomar cerveza, o cuando repetía a canciones que no entendía, o cuando repetía tus palabras favoritas, pero nada de eso pertenecía a mi futuro. Y es significativo que incluso hoy sólo me estimulas cuando algo te atañe a ti mismo, cuando hiere tu autoestimación (por ejemplo, con mi proyecto de casarme) o cuando tu autoestimación resulta herida en mí (por ejemplo cuando Pepa me insulta). Entonces se me anima, se me recuerda mi valer, se me señalan las ventajas a que yo tendría derecho, y Pepa queda definitivamente condenado. Pero aparte de ser, a mi edad actual, casi inaccesible a los estímulos, ¿de qué me servirían si sólo aparecen allí donde, primordialmente no se trata de mí?

En aquel entonces, y sólo en aquel entonces, yo habría necesitado el estímulo. Pero en verdad yo ya estaba aplastado por tu mera presencia física. Recuerdo, por ejemplo, cuando nos desnudábamos juntos en una casilla de baño. Yo, flaco, débil, enjuto; tú, fuerte, grande, ancho. Ya en la casilla me sentía miserable, y no solamente frente a tí, sino frente al mundo entero, pues tú eras para mí la medida de todas las cosas.”

Franz Kafka, “Carta al padre”

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Teodoro

“… el placer de revolcarme en el paso con Teodoro, que es una actividad que los dos valoramos por encima de casi cualquier cosa.

Julio Cortázar en “La vuelta al día en ochenta mundos”

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6. y 127.

6.

“Le pedí tan poco a la vida y hasta ese poco la vida me negó. Una hebra de sol, el campo, un poco de paz con un poco de pan, que no me pese mucho el saber que existo, y no exigir nada a nadie, ni que nadie exija nada de mí. Todo esto me fue negado, como quien niega una limosna no por falta de bondad, sino por no tener que desabrocharse el abrigo para darla”.

127.

“Yo no me quejo del mundo. No protesto en nombre del universo. No soy pesimista. Sufro y me quejo, pero no sé si lo que hay de malo es el sufrimiento ni sé si es humano sufrir ¿Qué me importa saber si eso es cierto o no?

Sufro y no sé si merecidamente (Cervatillo perseguido)

Yo no soy pesimista, soy triste”.

 

“Libro del desasosiego”, Fernando Pessoa como Bernardo Soares.

 

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Montaigne para un día de lluvia

“Mi vida ha estado llena de terribles desgracias, la mayoría de las cuales nunca sucedieron”

Michel de Montaigne. Ilustración de Pablo Bernasconi.

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Bibliotecas

“Toute la mémoire du monde. Así llamó Alain Resnais a ese cortometraje que filmó en 1956 sobre la Bibliotheque Nationale de Francia. Verdadera joya del cine y drástica reinvención del género documental, este trabajo del cineasta francés alcanza por sí solo para decir lo imprescindible sobre esa creación, arquitectónica y onírica, que es la biblioteca. Imposible reproducir aquí la sutileza de las perspectivas, el registro obsesivo de los anaqueles, la proliferación de sectores, los planos desde la altura y las tomas, simétricas o no, de un edificio captado en su enigma absoluto. Cada aspecto encuentra allí su definición: la biblioteca como galería, como prótesis de la memoria humana, como laberinto, como orden y secreto. También las funciones se complementan, anulan, potencian: en ella, no sólo se sustituye el mundo por sus réplicas; también se encuentran los pensamientos fértiles, o se buscan amparos a la escritura, sostenes entre el pasado y el porvenir.

Por momentos, nos pareciera estar en una escena de 1984 (los mensajes y documentos circulan —y son controlados— por empleados que se parecen a los burócratas de Orwell). Pero la afinidad más clara es, sin duda, con el conjunto hexagonal, ilimitado y periódico del relato de Borges “La biblioteca de Babel”. Algo hay, en efecto, en la fuerza de Resnais que consigue materializar los axiomas de ese sueño malsano, y eso que no abandona jamás la estética clásica.

No importa que no haya lectores ni peregrinos perdidos en busca de claves secretas, probablemente inexistentes. El soterrado afán de perdurar y el diagrama “inmóvil, inútil, incorruptible y perfecto” de la materia borgeana figuran allí con la fuerza de un tributo o una profecía autocumplida”.

“Pequeño mundo ilustrado”, de María Negroni

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Mi viejo caballero

 

“Como todo el mundo sabe Alicia en el País de las Maravillas fue contada para entretenimiento de tres niñas en un picnic ribereño. Lo que poca gente sabe es que esa maravillosa fuente de historias nunca se secó. Yo fui su última niña amiga, y durante las muchas largas tardes que pasamos juntos, las historias siguieron surgiendo, frescas, originales e inimitables como siempre. Dos o tres veces por semana venía y me tomaba “prestada”, y nos íbamos juntos, absolutamente contentos una en compañía del otro, a pasar tardes que jamás olvidaré. Sí he olvidado las historias, porque nunca contaba la misma dos veces, pero el Jardinero Loco y el Censor Esférico de Sylvia y Bruno nacieron en esos paseos, y me recitó muchas estrofas de la Canción del Jardinero Loco que no aparecieron en el libro.

“La felicidad de nuestras tardes juntos de ningún modo terminaba al regresar a Christ Church. Solíamos pasar horas sentados, acurrucados juntos —el anciano y la pequeña— en un gran sillón, jugando juegos de palabras, creando e interpretando lenguajes cifrados, o resolviendo raros problemas matemáticos. También jugábamos juegos ordinarios: al backgammon, a las damas y a veces al ajedrez, pero se trataba siempre de exóticas variantes de los usuales, y se tomaba un enorme trabajo para crear sus reglas. Lo más divertido era el ajedrez. Él era, por supuesto, un maestro de este juego, pero cuando jugaba con un niño, los caballos y alfiles cobraban vida y sostenían acaloradas discusiones acerca de los derechos de las reinas o las propiedades de las torres.

“A los doce años tuve escarlatina, y durante seis largas semanas estuve clausurada a toda sociedad. En todo ese tiempo no pasó un día sin que llegara una carta de «mi viejo caballero» (como mi familia lo llamaba siempre), trayéndome un puzzle original o una cifra para resolver o un nuevo y absorbente juego. ¡Todo ese tesoro fue entregado a las llamas cuando me recobré, porque podía hospedar gérmenes! Me puse furiosa en esa época, y hasta hoy no he encontrado razones para revisar mi opinión de los doce años. “Uno de sus dones más destacables consistía en que, a pesar de que hablaba con sus niñas amigas exactamente como si fueran sus iguales, nunca vacilaba para corregir una falta: jamás con un regaño, pero sí de tal manera que una veía el lado malo y lo detestaba, y nunca olvidaba lo que él había dicho. La verdad del asunto es que él mismo tenía un corazón de niño, de manera que cuando le hablaba a una niña, aun sobre las cosas más profundas de la vida, ella comprendía, porque él le hablaba en su propio lenguaje.

“En una y otra y otra ocasión, pidió a mi madre que le permitiera llevarme afuera con él, unas veces a orillas del mar, unas veces a Londres. La mente victoriana veía un mal posible aun en la asociación de una niña de doce años con un anciano de sesenta y tres. Debe haber tenido una paciencia maravillosa, porque probó de nuevo y de nuevo, pero jamás se me permitió ir con él, y yo nunca, hasta el fin de mis días, dejaré de lamentarlo. Días de estrecho vínculo con quien, no obstante su mente extravagante, fue uno de los pocos santos sabios genuinos, me fueron negados, porque el santo era varón y yo era una niña.

“Reminiscencias de la Sra. Shawyer”,  en Diarios de Carroll de Roger Lancelyn Green.

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¡Mercado de pulgas on sale!

Hoy nos dimos una vuelta por el Mercado de pulgas de la ciudad. Enero es, sin lugar a dudas, el mes para ir a recorrerlo. Desde piezas retro hasta muebles lookeados de vintage, el Mercado sigue siendo una de las opciones más accesibles para renovar cualquier espacio. Acá les presentamos los elegidos de ACHÍS! ¿Qué les parece el fichero para decorar el Estudio? ¡Buena semana! 

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